Cuestiones de vivienda en el trasfondo de “Ocupar Wall Street”

Las manifestaciones de “Ocupar Wall Street” que empezaron en Zuccotti Park en septiembre han captado la imaginación del mundo con sus clamores contra la injusticia económica además del dominio y la codicia de los ricos.

“Este movimiento es más o menos el movimiento por derechos civiles de nuestra generación”, dice Frankie, de 33 años, un profesor adjunto residente de Brooklyn, sentado en un banco en el parque en un sábado a finales de octubre. Pide quedar en el anonimato para proteger su puesto.

“La educación de mis padres no fue más allá del sexto grado y ellos probablemente tienen una mejor vida que yo, y yo tengo una licenciatura y soy profesional”, dice. “La mayoría de las universidades no están ofreciendo puestos de tiempo completo”.

Él cabe dentro de un bloque demográfico bastante grande entre los manifestantes de Ocupar Wall Street, gente que tiene entre veinte y cuarenta años, subempleada y agobiada por las deudas surgidas de préstamos para educación y, si viven en la Ciudad de Nueva York, con alquileres inflados por los años de desregulación y la falta de hacer cumplir las leyes contra aumentos ilegales. “No importa cuánto ganas en Nueva York—$100,000, $30,000, $50,000”, dice. “Nadie gana bastante para pagar el alquiler”.

Sin embargo, entre los manifestantes que están seguros de que pueden pagar su vivienda, injusticias económicas más grandes y generalizadas eclipsan las injusticias específicas de los altos costos de vivienda. “No es una de las principales cuestiones”, dice Phil, de 25 años y residente de Bushwick. A pesar de estar de acuerdo en que los alquileres en la Ciudad de Nueva York están “fuera de control”, está mas enfocado en el “estatus de persona de las empresas” y la cantidad de dinero corporativo en la política.

“Un Wall Street desregulado destruyó la economía y por eso hay enormes recortes en asistencia médica”, dice Miriam Stanley, de 47 años y residente de Manhattan, una poeta que trabaja con personas con trastornos mentales. “La derecha quiere privatizar el Seguro Social y personas muy trabajadoras están perdiendo sus pensiones”. Pero en cuanto a alquileres altos, dice, “Tengo mucha suerte”.

La desigualdad económica y la deuda de préstamos estudiantiles son las cuestiones que motivan a Neil, de 33 años, quien vive en Bedford-Stuyvesant y trabaja en la industria de filme y televisión. Los alquileres altos no le afectan, “ahora no”. Gene Moramo, de 35 años, un diseñador de sitios Web residente de Brighton Beach, está principalmente preocupado por la “injusticia social”, pero el alquiler de $2,000 al mes que él y su esposa pagan “no me preocupa especialmente. Yo sí puedo pagarlo”. Sin embargo, un par de minutos después dice que “aunque pueda pagarlo, de todos modos me molesta bastante”. El alquiler de su último apartamento aumentó de $1,300 a $1,500 en cuatro años, explica.

Alexandra Gonzalez, de 35 años y residente de Brownsville, se encuentra en el otro extremo de la escala. Ella es viuda y madre que mantiene a sus cuatro hijos con su trabajo como asistente médica, que paga $15 por hora. Aun en uno de los vecindarios más pobres de la ciudad, dice, “todo cuesta $1,000, mil quinientos, $1,700. El alquiler está tan alto y el dinero tan escaso, hay que enfrentar la realidad”.

“Las familias honestas no quieren salir para hacer cosas malas”, dice. “Queremos que nos paguen por el duro trabajo que hacemos. Queremos tener opciones en esta vida”. Ella sostiene una pancarta que reclama un sueldo mínimo de $20 por hora.

“Soy maestra y apenas puedo pagar mi propio alquiler”, dice Megan Wasnieski, de 24 años, quien paga $1,650 por su apartamento en Bay Ridge. “Es la preocupación número uno de los padres que trato”.

Ella trabaja en una escuela secundaria de educación especial en Brooklyn y está parada en Broadway con una pancarta que dice, “Soy MAESTRA, no una perdedora sin trabajo”.

Ray W., herrero de 20 años y residente de Gravesend, se siente esencialmente igual. Su pancarta dice, “Tengo un trabajo sindicalizado de tiempo completo. ¡Deja de decirme que consiga trabajo!”

El alquiler no le afecta mucho, dice, porque es soltero y “encontré una bastante buena oferta”. Sin embargo, “cada mes la mitad de mi dinero se va en facturas”.

Su preocupación principal son los recortes de sueldos. “Los multimillonarios dueños de muchos edificios dicen que no tienen bastante dinero para pagar un salario digno a los trabajadores sindicalizados”, dice. Esto ha forzado a los trabajadores de construcción a renunciar a $8 por hora para cubrir los pagos de vacaciones y rentas vitalicias, explica.

“Trata tú de pagar el alquiler en Nueva York con siete o diez dólares por hora”, dice Rosa Adams, de 32 años y residente de Manhattan. Ha visto a amigos y parientes salir de la ciudad y reubicarse en el sur de los Estados Unidos o en Ohio porque es más barato ahí.

“Estoy totalmente en contra de que los del uno por ciento de arriba tengan tanto que realmente podrían ayudar a los de abajo, con la educación, con la asistencia médica”, dice Rebecca, una estudiante del último año de la universidad, que tiene 21 años y creció en la East Village. “Y realmente no tenemos ningún liderazgo gubernamental”.

¿Le afectan los alquileres altos? “No todavía”, responde. “Lo harán en unos seis meses, y estoy aterrorizada”.

Para el movimiento de inquilinos, todo esto plantea el problema de cómo vincular nuestras cuestiones a los reclamos más generalizados contra la codicia de los ricos, su especulación des­enfrenada que aplasta al pueblo y destruye a las comunidades en su camino, además de su capacidad para comprar el gobierno. Este esquema describe perfectamente las depredaciones del capital privado rapaz, que compra veintenas de edificios a precios inflados y trata de hacer ganancias al expulsar a inquilinos que han vivido en ellos por años. Describe perfectamente la manera en que los alquileres en alza fuerzan a los jóvenes a pagar alquileres que exceden sus ingresos por mucho y desplaza tanto a los residentes de muchos años como a los pequeños negocios en muchos de los vecindarios de la Ciudad de Nueva York. Describe perfectamente la manera en que los grupos de presión de la industria de bienes raíces han obstaculizado los esfuerzos para fortalecer las leyes de alquiler del estado, con su posesión del Partido Republicano y su capacidad para comprar tanto a los demócratas ambiciosos como a los mezquinamente corruptos.

Esto debe ser un enlace natural. En la Ciudad de Nueva York, las regulaciones de alquiler, la vivienda pública y programas como Mitchell-Lama tejen las cuerdas en la red de seguridad económica que los ricos han recortado por 30 años y ahora quieren despedazar. Aquí y en otras ciudades como Boston, San Francisco y Los Ángeles, controles en el mercado de arrendamiento son claves para asegurar que quienes no sean mi­llonarios puedan vivir en un terreno limitado. Como otros métodos de destruir la red de seguridad económica, como por ejemplo sueldos de dos niveles, la eliminación de pensiones y propuestas para recortar el Seguro Social y aumentar la edad para recibir Medicare, la desregulación de alquileres afecta más a los jóvenes, ya que les niega protecciones que nunca han tenido independientemente como adultos. Todo esto es una alternativa política deliberadamente divisoria a la de quitar las cosas a los que ya las tienen.
Para tener éxito, el movimiento de inquilinos debe, de alguna manera, hacer estallar el mismo tipo de indignación de las bases que ha causado que el movimiento “Ocupar” se haya extendido a cientos de pueblos y ciudades en todo el país y el mundo. Esto es difícil de hacer en una sociedad donde muchos aceptan la mano del mercado como si fuera la mano de Dios y donde aceptan pagar la mitad de sus ingresos en alquiler como inevitable, a pesar de que representa un cambio drástico del pasado reciente: un cambio que han impuesto las mismas élites de poder que subcontrataron empleos en otros países, destruyeron sindicatos y liberalizaron Wall Street.