¡Tener vivienda es un derecho humano!

Mientras cada vez más personas se manifiestan en las calles para protestar por la codicia de Wall Street, el capitalismo en su estado final sigue devorando todo que encuentra en su camino, incluida cualquier vivienda asequible que todavía exista en la Ciudad de Nueva York y otros lugares.

La codicia de los caseros no es nada nuevo; a lo mejor ha existido desde la primera vez que alguien reclamó un derecho de propiedad a un hogar ajeno. Pero a medida que la Ciudad de Nueva York cambió la producción de bienes y servicios reales por una dependencia cada vez más fuerte de una economía basada en las industrias de finanzas, seguros y bienes raíces (la economía “FIRE”, que quiere decir “fuego”, por sus siglas en inglés), los gobiernos municipales y estatales, con votaciones compradas con el dinero que nosotros mismos pagamos en alquiler, han facilitado masivos fraudes y estafas de alquiler. Las compañías de capital privado rapaz han comprado edificios por sumas mucho más grandes de lo que valían y luego establecieron el desalojo al por mayor como su modelo de negocios. A medida que viviendas asequibles sean cada vez más escasas, los inquilinos se verán en la misma situación en que están los defraudados deudores hipotecarios: sin recursos para pagar el techo.

Así como la atención médica y la educación, la vivienda es una necesidad, no un artículo de consumo. Tratar la vivienda como si fuera un artículo de consumo ha sido clave para crear y mantener disparidades de riqueza desde antes de la época capitalista; quizás por eso hay tantos que se resignan a la codicia de los caseros, como si ésta fuera una fuerza de la naturaleza. Muchos inquilinos en la Ciudad de Nueva York pagan más de la mitad de sus ingresos en el alquiler, lo que los pone en una situación muy parecida a la de los siervos medievales, salvo que los siervos medievales usualmente estaban atados a la tierra, mientras los inquilinos en la Ciudad de Nueva York son desalojados en un ritmo alarmante.

Nuestra historia ha mostrado que las cosas no tienen que ser así: fuertes protecciones para inquilinos hicieron posible que la Ciudad de Nueva York alojara una amplia variedad de comunidades, hasta que las “reformas” de las leyes de regulación de alquileres promovidas por los caseros hicieron que la vivienda volviera otra vez a ser material para alimentar el apetito insaciable del capitalismo en su estado final.

Mientras nos unimos a la lucha contra el control tóxico que el sector financiero ejerce sobre nuestras vidas, tenemos que hacer lo posible para que quede claro que viviendas decentes y asequibles para todos son un derecho humano y una demanda que ¡se tiene que satisfacer!