Bill de Blasio: Alcalde de dos ciudades

La victoria aplastante de Bill de Blasio en la elección para la alcaldía el 5 de noviembre significa un rotundo rechazo al régimen plutocrático de Michael Bloomberg. Mientras el multimillonario saliente pensaba que los alquileres por las nubes eran algo que ce-le–brar, porque indicaban que el mercado de vivienda era fuerte, en su campaña el demócrata enfatizó el tema de “una historia de dos ciudades”, en la cual multimi-llonarios compran recientemente construidos penthouses con vistas a Central Park por más de $90 millones mientras casi la mitad del pueblo vive en o cerca de la pobreza. 

“No es divisorio reconocer la disparidad de ingresos más grande desde la Gran Depresión”, dijo de Blasio a un grupo de defensores de sindicatos laborales en Brooklyn el 1o de noviembre. En su discurso de victoria en la noche de la elección, llamó la desigualdad económica “el reto definitorio de hoy en día”. Ganó casi un 74 por ciento del voto, el margen más grande en una elección para la alcaldía desde 1985 y el más grande para un candidato no titular desde que los cinco condados se unieron en 1898. Muchos de los más liberales políticos, líderes de sindicatos y activistas en la ciudad dicen que se sienten  “muy emocionados”, y llaman la elección un decisivo e histórico momento después de 20 años de Bloomberg y Rudolph Giuliani.

Pero aunque la desigualdad de ingresos fue un tema central de su campaña, ¿cuánto realmente hará al respecto? ¿Qué ideas, programas y políticas tiene, y qué puede hacer que no sea circunscrito por la realidad política?

En cuanto a cuestiones económicas, la respuesta puede ser “no mucho”. Su programa parece un conjunto de pequeñas iniciativas más que grandes proyectos visionarios. El mejor conocido es aumentar la tasa de impuestos ligeramente (de 3.88 a 4.41 por ciento en ingresos de más de $500,000) para costear un programa de parvularios universales.

Sus iniciativas económicas son principalmente incentivos co-merciales y más formación laboral. En cuanto a negocios, dice que reduciría la asistencia social para las grandes empresas y dirigiría programas subvencionados por la ciudad a pequeños negocios, invertiría en la infraestructura técnica y crearía “centros de des-arrollo económico” e “industrias 2.0.” En cuanto a la fuerza la-boral, dice que “crearía un sistema de educación, formación e inserción laboral de primer orden” con concentración en enfermería y trabajos tecnológicos tanto de expertos como de los entrantes en el mercado laboral; aumentaría subvenciones para la Universidad de la Ciudad de Nueva York (City University of New York) y vincularía la educación vocacional a los trabajos que se prevé con probabilidades de crecer. También quiere fortalecer los requisitos que obligan a los negocios que reciban fondos o subvenciones de la ciudad a pagar un “salario digno”, proveer servicios legales para ayudar a los trabajadores de bajos ingresos a impugnar el robo de sus sueldos y promulgar un sueldo mínimo más alto que el del estado.

Deborah Axt, co-directora de Hacer el Camino Nueva York (Make the Road New York), una organización comunitaria que milita en organizar trabajadores de bajos ingresos, dice que el gobierno entrante debe tener cuatro prioridades económicas. Primero, aumentar el salario mínimo (actualmente $7.25 por hora, subirá a $8 en enero y $9 en 2016). Segundo, luchar contra el robo de sueldos, que según ella es un mo-delo del negocio para “indus-trias enteras”, como restaurantes, construcción no sindicalizada, negocios de venta al por menor y lavacoches. Tercero, obligar a los negocios que reciban fondos o subvenciones de la ciudad a pagar un salario digno, de al menos $11.50. Cuarto, entrenar a más jóvenes para trabajos que pagan mejores salarios y aumentar las clases de inglés para inmigrantes.

La ciudad tiene bastante poder para hacer mucho de esto, dice. Por ejemplo, podría obligar a los empresarios que reciban fondos para reparar los daños del Huracán Sandy a pagar un salario digno. Además, aunque ayudar a organizar sindicatos sea complejo legalmente para la ciudad, según ella la mayoría de los empresarios que resistan los sindicatos usualmente están cometiendo alguna otra infracción, como quitarles el pago a los trabajadores por estafa o clasificarlos ilegalmente como “contratistas independientes” para evitar pagar impuestos u horas extras.

El alcalde elegido ha sido “increíblemente alentador” en cuanto a la organización de los trabajadores cada vez más militantes de comida rápida, comestibles y lavacoches, dice Axt. “Espero que no tenga miedo de pensar en grande”.

“Si se enfoca en los trabajadores de bajos ingresos, recibirá mucho apoyo”, dice Ed Ott, antiguo director del Concejo Laboral Central de la Ciudad de Nueva York (New York City Central Labor Council) y actualmente profesor de estudios de trabajo en el Instituto Murphy de la Universidad de la Ciudad.

Sin embargo, hay dos importantes obstáculos. Primero, muchas de las ideas de de Blasio, como aumentar los impuestos de los ricos y el salario mínimo, tendrían que ser aprobadas por el gobierno estatal, y Albany es terreno difícil para lograr esto. El senado estatal ha sido diseñado a propósito para tener una mayoría republicana (o más recientemente, una coalición de republicanos y rene-gados demócratas), y el gobernador Andrew Cuomo es demócrata estilo Bloomberg, algo liberal sobre cuestiones sociales pero hostil a los trabajadores. 

El alcalde tiene “un poder limi-tado y problemas enormes”, dice Ott. Se le quitó a la ciudad su autonomía financiera durante la crisis fiscal de los 1970, explica. La ciudad puede aumentar impuestos sobre ventas y propiedades un poco por sí sola, pero necesita la aprobación de Albany para aumentar impuestos sobre ingresos. El estado tomó el poder, pero “renunció a la responsabilidad”, dice con enojo.

El segundo obstáculo es que capacitar a la gente no crea por sí solo trabajos en que puedan ganar dinero usando sus habilidades, y menos en una economía en la cual se aconseja rutinariamente a los desempleados de mediana edad que “haga que su curriculum vitae sea menos sofisticado para poder parecer menos experimentado.” 

“La gente necesita ayuda para obtener acceso a los trabajos”, dice Ott, especialmente en una economía en la que una quinta parte de los trabajadores con habilidades de clase media “no tiene trabajo” y hace trabajos freelance, temporal y contratado. Él propone “algún tipo de banco central” para conectar a la gente con trabajos.

Durante la Gran Depresión, el gobierno federal creó millones de trabajos por medio de progra-mas como la Administración de Progreso de Obras (Works Progress Administration, WPA). En la Ciu-dad de Nueva York, construyó Brooklyn College, el Aeropuerto LaGuardia y las primeras urbanizaciones públicas del país. Sin embargo, cuando se sugirió a de Blasio en septiembre que la ciudad necesitaba un nuevo programa estilo WPA, él respondió, “en un mundo perfecto”.

Aun si el salario mínimo se aumentara hasta $15 por hora, la gente todavía tendría dificultades para vivir en Nueva York, ya que es casi imposible encontrar un apartamento por menos de $1,000 al mes. La “crisis de asequibilidad”, como señaló de Blasio en la noche de la elección, se ha acrecentado por más de 30 años. Los aumentos de alquileres aceleraron dramáticamente después de 1997, cuando la legislatura estatal abrió enormes lagunas legales en las regulaciones de alquiler de la ciudad, al desregular los apartamentos disponibles que se alquilaban por más de $2,000. Vendido como una medida que solamente iba a afectar a unos pocos ricos en Manhattan, el cambio hizo que los alquileres en toda la ciudad subieran (especialmente porque el estado no hizo cumplir la ley contra excesos de cobro). 

Para 2011, la mayoría de los inquilinos en Nueva York que no recibían subvenciones de vivienda pagaban más de un 30 por ciento de sus ingresos en el alquiler. La mitad de las 3 millones de personas en familias definidas como de bajos ingresos (menos de $34,000 al año para una familia de tres personas) pagaban más de la mitad de sus ingresos en el alquiler. El invierno pasado, el número de personas en albergues municipales para los sin techo excedió 50,000, la cifra más alta desde la Depresión. El número de personas en la lista de espera para vivienda pública, casi los únicos apartamentos en la ciudad disponibles por menos de $700, ahora rebasa la cifra de los 180,000 apartamentos en el sistema.

Para contrarrestrar esto, de Blasio promete “construir o conservar casi 200,000 unidades asequibles”. El obstáculo aquí es que las medidas más eficaces que la ciudad puede usar para conservar y crear vivienda asequible son ilegales en la actualidad. La ley estatal prohíbe que la ciudad fortalezca sus regulaciones de alqui-ler; de Blasio dice que ejercerá presión para lograr regulaciones más fuertes, pero los grupos de presión de la industria de bienes raíces han invertido millones de dólares en el gobernador Cuomo, la mayoría republicana en el senado y los renegados demócratas con quienes comparten el poder para bloquear esto. Además, una ley federal de 1998 prohíbe a los gobiernos locales construir más viviendas públicas que las que ya tienen.

“Es imposible, aun si una autoridad tuviera el capital para construir nuevas viviendas”, dice Victor Bach, analista principal de políticas de vivienda en la Sociedad de Servicio Comunitario (Community Service Society). Los fondos federales para viviendas públicas han sido recortados desde la época de Reagan; el gobierno del Estado de Nueva York “abdicó” a finales de los 90 y Bloomberg eliminó las subvenciones de operación municipales en 2003.

Por lo tanto, la política de vivienda de de Blasio probablemente será limitada a una versión más liberal de la de Bloomberg, usando una mezcla complicada de incentivos de impuestos y zonificación para introducir unidades “asequibles” en urbanizaciones de lujo. Su propuesta principal es “zonificación de inclusión” obligatoria: exigir a los constructores que consigan variaciones de zonificación o se beneficien de rezonificación que incluyan cierta cantidad de vivienda de alquileres más bajos, usualmente un 20 por ciento. En su programa de campaña, se estima que esto producirá más de 50,000 unidades asequibles. También invertiría mil millones de dólares de los fondos de pensiones municipales y gravar baldíos por la tasa entera, estimando que estas medidas crearían alrededor de 15,000 unidades.

También dice que cambiaría la fórmula usada por el programa de Bloomberg para establecer qué es “asequible”. Ya que la fórmula actual se basa en el “ingreso mediano del área” para algunas de las cercanías de la ciudad además de la ciudad misma, ha permitido que apartamentos que se alquilan por más de $2,500 cuenten como “asequibles”, y por lo tanto, se han creado más apartamentos “asequibles” para personas que ganan más de $100,000 que para las que ganan menos de $30,000.

Sin embargo, la zonificación de inclusión será un “trago amargo” en los vecindarios como Bushwick, dice el organizador principal José Lopez de Hacer el Camino (Make the Road). El área de clase obrera y mayoritariamente Latino en el noreste de Brooklyn fue destrozada por incendios provocados y pillajes en los 1970, pero en la década pasada se ha burguesificado rápidamente. Mientras se mudaban al vecindario jóvenes artistas y entusiastas de la vanguardia, los caseros empezaron a hostigar a los residentes de más bajos ingresos para que se salieran, y luego restaurantes de moda y nuevos edificios de lujo aparecieron.

Una urbanización propuesta por allá para la antigua cervecería Rheingold contendría un 23 por ciento de unidades asequibles, dice López, pero son destinadas a las personas que ganan alrede-dor de $48,000, en un vecindario donde el ingreso mediano es alrededor de $35,000. “Esto no significa nada para la gente que ha estado viviendo en Bushwick por muchos años”, dice. Para los residentes que vivieron los años malos, apartar un porcentaje tan pequeño quiere decir que “me estás pidiendo que esté de acuerdo con que vale la pena perder un 70 por ciento de mi vecindario”.

Una cosa que la ciudad puede hacer, dice Bach, sería dejar de cobrar $100 millones al año a la autoridad de vivienda pública por servicios policíacos y de otros tipos, que le ayudaría a eliminar el largo retraso de reparaciones. Otra sería usar ingresos de la urbanización de Battery Park City en el sur de Manhattan para construir nuevas viviendas. Cuando se construyó esta urbanización en los 1970, explica, una parte del acuerdo que permitió que el proyecto, subvencionado por fondos públicos, pudiera ser utilizado para vivienda a la tasa del mercado (algunos apartamentos por allá se alquilan ahora por más de $9,000 al mes) fue que se gastaría cualquier superávit para crear viviendas asequibles en otras áreas. En vez de esto, la ciudad desvió los fondos a sus usos generales.

El obstáculo más grande, dice Bach, es que a largo plazo “ningún nivel del gobierno ha considerado la construcción de viviendas asequibles una prioridad principal”. Será “difícil proveer de la noche a la mañana la cantidad que se necesita”. Él cree que de Blasio tiene conciencia de los problemas y está comprometido con solucionarlos; la pregunta es, “¿a qué grado puede armarse de la voluntad política y correr los riesgos para hacerlo real?”

Para Ott, el problema a largo plazo es revertir una generación de la ideo-logía de que dar más dinero a los ricos es la mejor manera de ayudar a la economía. Nadie está hablando de las alternativas, dice. ¿Quién se acuerda de que 25 años atrás hubo personas hablando de control de alquileres comerciales como una manera de proteger a los pequeños negocios? ¿Cuántos se acuerdan de que hace 40 años la Universidad de la Ciudad no cobraba gastos de matrícula? En vez de esto, dice, hay demócratas en Washington hablando de recortar la Seguridad Social.

Dadas todas estas restricciones, un funcionario elegido local que quiere hacer algo en serio contra la desigualdad de ingresos pro-bablemente necesitaría el fervor para compartir la riqueza y la capacidad maquiavélica de pasarse de la raya de la ley de un Hugo Chávez o un Huey Long.

¿Es Bill de Blasio esta persona? A pesar de que el New York Post publicó una foto de él junto a la hoz y el martillo, ha pasado bastante tiempo después de ganar la elección primaria intentando asegurar a la élite de la ciudad que hablar de “la crisis de asequibilidad” no lo hace Che Guevara, listo para colocarlos en el paredón del jardín del Estadio de los Yanquis. “No es la guerra de clases”, dijo a principios de octubre a la Asociación para una Mejor Nueva York (Association for a Better New York). Cierto está que no les infundió bastante miedo para que no le dieran dinero. Recibió más de $750,000 en donaciones de los intereses principales de bienes raíces en la ciudad, incluido Extell, el constructor del ya mencionado penthouse de $90 millones.

“Tiene que estar dispuesto a armar grandes revuelos, como otro Huey Long”, dice Ott, “o ser como otro Roosevelt que puede convencer a la clase alta que los cambios realmente les convendrían”.

 

Una versión más extensa de este artículo apareció originalmente en truthout.org